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Las propiedades que el aceite de oliva tiene en nuestra salud se deben fundamentalmente a su adecuado perfil de ácidos grasos, y al patrimonio exclusivo de sustancias presentes en la fracción insaponificable.
Numerosos estudios indican que un consumo apropiado de aceite de oliva reduce el denominado colesterol malo (LDL) y aumentaría levemente el llamado colesterol bueno (HDL). Este beneficio esta relacionado con el perfil de ácidos grasos. Los saturados, aunque tienen una gran resistencia a la oxidación, al consumirse en un número elevado, producen un incremento de los niveles de colesterol LDL. En cambio, los ácidos grasos poliinsaturados reducen los niveles de colesterol LDL, pero poseen una baja resistencia a la oxidación, resistencia que es bastante más elevada en el caso de los monoinsaturados (ácido oleico), los cuales además de disminuir los niveles de LDL, parecen aumentar levemente los de HDL. La proporción que posee el aceite de oliva permite compaginar estas virtudes sin que haya un déficit en el aporte de saturados y poliinsaturados.
Otra forma de luchar contra los niveles de colesterol es impedir su absorción y/o facilitar su excreción, funciones que se ven impulsadas por fitosteroles (betasitosterol) y el cicloartenol respectivamente, ambos presentes en el aceite de oliva. Por otro lado, el licopeno y el betacaroteno presentes en el extracto de tomate poseería un efecto hipocolesterolémico moderado “in vitro”, disminuyendo los niveles de colesterol LDL, beneficio que podría sumarse al producido por el aceite de oliva virgen extra.
Las partículas LDL son lipoproteínas que transportan los ácidos grasos que ingerimos en la dieta, con lo que su número y resistencia a la oxidación dependerá, entre otras cosas, de la cantidad y tipo de grasas que tomemos. Estas partículas poseen su propia defensa a la oxidación, encargándose de ésta antioxidantes que forman parte de su estructura. Su calidad y número también depende de lo que tomemos en la dieta. Puesto que esta capacidad es limitada, una vez agotada, las LDL sufren un proceso de oxidación que conlleva a una modificación en su estructura que las capacita potencialmente como sustancias aterogénicas, es decir, podrían provocar un daño en nuestros vasos sanguíneos que aumentaría la probabilidad de que se produjese la formación de una placa de ateroma, principio de la enfermedad aterosclerótica.
En este sentido, el aceite de oliva aporta ácidos grasos con destacada resistencia a la oxidación, y antioxidantes que constituirían la primera línea de defensa. El extracto de tomate contiene, así mismo, un elevado número de antioxidantes, encontrándose muchos de ellos formando parte de las LDL y en el plasma si son ingeridos en la dieta, siendo dependiente su concentración de la ingesta. En este aspecto, habría que destacar al licopeno. Este caroteno posee una marcada actividad antioxidante, siendo numerosos los estudios que indican una acción protectora de las LDL (es el caroteno más abundante en su estructura) retardando la acción de sustancias oxidantes sobre las mismas.
Además de su acción beneficiosa sobre los niveles de colesterol y la arteriosclerosis, el aceite de oliva también posee efectos positivos en la digestión, la agregación plaquetaria, la hipertensión arterial, la inflamación y el dolor, y como apuntan estudios epidemiológicos y experimentales, podría tener un papel destacado en la prevención de algunos tipos de cáncer al poseer compuestos potencialmente anticancerígenos e inhibidores de factores de transcripción proinflamatorios.
En esta lucha, el equilibrio oxido-reductor del organismo resulta importante, puesto que un desequilibrio en el mismo provocaría una mayor presencia de sustancias prooxidantes que no son contrarrestadas por antioxidantes, con lo que debido al carácter altamente reactivo de los primeros podrían reaccionar con proteínas, ácidos grasos, ADN... provocando un cambio estructural que implicaría un mal funcionamiento o disfunción de estas moléculas. Esto ocurre con frecuencia en nuestro organismo, el cual, posee mecanismos para reparar o eliminar estas sustancias defectuosas. Lógicamente, esta capacidad es limitada, y el aumento de estos “desperfectos” provocan serias patologías como el cáncer.
El tocoferol (vitamina E), el tirosol e hidroxitirosol, y la oleuropeína son algunos de los antioxidantes aportados por el aceite de oliva. El hidroxitirosol es un antioxidante de elevada actividad. Se ha observado que su ingestión por parte del organismo, es imprescindible para mostrar su capacidad. Así mismo, se le ha relacionado con una inhibición de la agregación plaquetaria. En cuanto a la vitamina E, se encuentra en elevada cantidad en el aceite de oliva. Esta vitamina esta relacionada con un bajo riesgo cardiovascular.

El extracto de tomate, además de contener vitamina E, posee licopeno, fitoeno, fitoflueno y betacaroteno, perteneciendo todos ellos a los carotenos, presentes en vegetales y verduras, siendo su concentración en la sangre y algunos tejidos dependiente de su ingesta. La próstata es el órgano donde más se encuentra concentrado el licopeno dentro del organismo, y aumenta a medida que tomamos una dieta rica en este compuesto. Estudios epidemiológicos y clínicos en este sentido, indican que hay un mejor estado de salud de este órgano al aumentar la concentración de licopeno. Analizando los niveles de antioxidantes en estos individuos, únicamente el licopeno parecía tener una asociación significante con la prevención de la enfermedad. Además, en individuos alimentados con mayores dosis de licopeno se apreciaba una menor incidencia en el cáncer de próstata, presentando los mejores resultados aquellos varones que consumían frecuentemente productos derivados del tomate, tales como salsas con aceite.
Esta asociación entre compuestos activos del tomate y el aceite de oliva no parece caprichosa. Así lo dejan entrever recientes estudios que indican una mejor absorción de carotenos (mayor biodisponibilidad), como el licopeno, al tomarse estos junto con algunos tipos de grasas como el aceite de oliva y de girasol, aunque fue con el aceite de oliva con el que se alcanzó una mayor capacidad antioxidante en el plasma.
Además del cáncer de próstata, al licopeno se le ha relacionado como agente preventivo de otros tipos de cánceres, tales como mama y colon. Entre sus posibles mecanismos de acción, encontramos una elevada capacidad antioxidante, la estimulación en la creación de comunicaciones intercelulares (la ruptura de comunicaciones intercelulares es uno de los primeros pasos en la diferenciación celular que conllevan al cáncer) la inhibición del crecimiento de células cancerígenas y de algunos factores que lo estimulan, así como de la activación de la familia de factores de transcripción NF-kB, relacionada con procesos inflamatorios crónicos asociados a la enfermedad cardiovascular y a ciertos tipos de cáncer.
La biodisponibilidad del licopeno a la hora de administrar un producto con este compuesto es primordial, puesto que si no le llega a absorber el organismo en cantidad apropiada, su administración no resultaría efectiva. Una vez absorbido, hay que preguntarse si el licopeno por sí solo es efectivo o requiere la presencia de otros compuestos para llevar a cabo su acción, y si ésta es mayor cuando interactúa con otros antioxidantes. En este sentido, estudios experimentales y en animales apuntan que la acción del licopeno necesitaría la presencia de otros compuestos presentes en el tomate, tales como el fitoeno y el fitoflueno. El Aceiterol® cumple estas premisas puesto que contiene además de aceite de oliva para mejorar su absorción, fitoeno, fitoflueno, betacaroteno... todos ellos compuestos presentes en el extracto natural de tomate.